Os voy a contar lo que ocurrió durante mis primeros días como fotógrafo para un periódico. Llamaremos a la historia: “La pestaña oculta”.
Dentro hilo.
Todo comenzó hace un par de semanas. Había conseguido un trabajo (“non era sen tempo!”, como decimos en Galicia) pero debía cambiar de ciudad de un día para otro. Todo era emoción y felicidad menos por la parte de buscar y pagar piso.
Encontré un alquiler decente y dentro de mis posibilidades.Tenía trabajo, casa y un cargamento de tuppers en el maletero como para sobrevivir a un desastre nuclear. Cobraba, pero no como para ir despreciando comida gratis. ¿La vida me sonreía? Debí sospechar.
Empezaba una nueva etapa. Las previsiones para mi primer día de trabajo eran bastante fáciles de llevar: rueda de prensa de la fiesta popular de turno, el típico político posando para la foto y poco más. Pobre de mí, no sabia la que se me venía encima.
Agradecí la poca actividad, era nuevo en la ciudad y la orientación no es una de mis virtudes. Nunca me he llevado bien con esa señorita que trabaja en Google Maps. Lo hemos intentado pero no somos compatibles, nuestros destinos van en direcciones opuestas.
Pero aquel día los astros se alinearon y conseguí llegar a cada acto a tiempo y sin problema. A todos menos a la presentación de un nuevo grupo de teatro infantil en un centro cívico de las afueras. Estaba perdido…
Recuerdo que era la cuarta vez que pasaba por aquel parque, y la cuarta vez que pisaba la misma mierda de perro. Empezaba a desesperarme. Aquello ya se parecía más a mi vida, a la real, y no a este “Show de Truman” en el que estaba viviendo.
Imagino que mis lloros y lamentos alertaron a una señora muy maja, que también acudía al evento, y se ofreció a hacerme de guía. Supuse que era la abuela de alguno de los actores, qué equivocado estaba…
Conseguí llegar al acto a tiempo y, pequeña crisis a parte, todo fue perfecto, el mejor “primer día” de mi vida. Pero la tranquilidad duraría poco…
Exactamente un día. El trabajo parecía ir genial menos por un pequeño detalle, LA SEÑORA. Lugar al que tenía que ir, lugar en el que se aparecía.
Al principio no le di importancia, “será casualidad”, “le habré caído bien”, “es una ciudad pequeña”, “tendrá el sueño de aparecer de extra en las fotos de prensa”… intentaba autoconvencerme pero estaba acojonado.
Había pasado una semana y allí seguía, haciendo acto de presencia. No hablaba, solo miraba fijamente y siempre, siempre, con una sonrisa. Empezaba a hartarme. En mi primer día libre decidí ponerme a investigar. Spoiler Alert: el descubrimiento no fue de mi agrado.
No aparecía en ninguna foto, se apreciaba el hueco que debía ocupar pero ni rastro de LA SEÑORA. Más de 400 disparos y nada, desaparecida en combate.
No dormía, no comía y mis fotos eran un desastre. Vivía nervioso bajo su atenta mirada y su sonrisa Profident. ¡Menuda semanita! Y para rematarla por todo lo alto me llama la casera por una irregularidad en el contrato.
Me acerqué hasta su casa a la salida del trabajo y cuando me hizo pasar al salón me quedé frío.
Encima del mueble de la televisión pude ver la foto de un matrimonio. ¡Era ella! ¡LA SEÑORA! Allí estaba, mirándome, como los últimos siete días de mi vida.
—Son mis padres. El piso en el que vives es suyo.
—Creo que me he cruzado alguna vez con tu madre. ¿Sigue viviendo por la zona?
—Lo dudo, mis padres murieron el año pasado en un actividad de escalada que organizó el Concello.
Noté el vómito subiendo hacia mi boca, o pudo ser el propio estómago, no lo recuerdo con exactitud. Fue todo muy desagradable.
No me atreví a contarle nada a aquella mujer sobre LA SEÑORA. Pensaría que era un loco que se estaba quedando con ella: “mire, disculpe, en ocasiones veo a su madre muerta. Feliz, pero muerta”. Información de mal gusto que se le llama.
Fue tan agradable conmigo que ni me importó la subida de 50€ de alquiler. Aún así, necesitaba salir de aquel piso cuanto antes. Conseguí escapar y al salir del portal se me apareció; justo delante y SIN sonrisa.
—No te quedes en la superficie. Si puedes verme, dispara.
Trataba de controlar mis esfínteres mientras intentaba descifrar el mensaje en clave de aquel espectro de la tercera edad. Recuerdo controlar el ataque de histeria que se estaba formando en la boca del estómago y sacar la foto. ¡La tenía! ¡Esta vez la tenía! ¿La tenía?
Corrí a casa para ver la foto en el ordenador, pero al abrirla LA SEÑORA desaparecía. “¿Cómo? ¡Pero si estaba ahí, la acabo de ver! ¿A dónde ha ido?”
Me estaba volviendo loco. Volví a revisar la foto muy detenidamente. La abría y la cerraba para ver como desaparecía ante mis ojos. Parecía uno de aquellos cromos de “Harry Potter” en los que podías ver al mago y al minuto siguiente se había ido a seguir con su rutina diaria.
“¡Esperad, he visto algo!”
LA SEÑORA desaparecía de una forma muy concreta, se iba hacia la izquierda, hacia la ventana de información. Recordé sus palabras: “no te quedes en la superficie”. Repasé los metadatos de la foto y descubrí una pestaña oculta muy perturbadora.
La pestaña ponía lo siguiente:
“FFE: Lourdes, 11.45, 1/6/18, Plaza Mayor. Obras”
Miré el calendario, estábamos a día 31, ¿qué significaba aquello?
Por primera vez busqué a LA SEÑORA. Necesitaba respuestas. La llamé, jugué a la güija, hice espiritismo, eché las cartas, pero nada, no había manera. La mujer se hacía de rogar. No me quedaba otra, debía seguir las indicaciones de LA PESTAÑA.
11.44 La Plaza Mayor parecía igual de aburrida que de costumbre. Sí, había obras, pero ¿en qué ciudad que se precie no las hay?
11.44 Recorrí cada esquina con la mirada y nada, todo tranquilo.
11.45 Un fuerte ruido resonó en todos los rincones de la plaza.
Una hormigonera había volcado y bajaba sin frenos por la calle principal. La calle estaba vacía, pero entonces…
Lourdes, la hija de LA SEÑORA se llamaba Lourdes, giró hacia la plaza en una de las calles. La hormigonera se acercaba a ella, sin frenos, ganando velocidad y escupiendo cemento.
Salí disparado y gritando como un loco hacia ella. Llevaba auriculares y no podía oírme. Sin darme cuenta tenía la hormigonera pegada a los talones, ahora ya sé lo que sintió Indiana Jones con la dichosa roca… “¡Vamos a morir todos!” grité a la vez que tropezaba con mi propio pié.
Caí al suelo rodando, despellejándome rodillas y codos. Mereció la pena, gracias al golpe me desvié de la trayectoria de la hormigonera, mis gritos de dolor alertaron a Lourdes y esta pudo salvarse de una muerte inminente.
Cuando Lourdes se acercó a ayudarme pude ver a LA SEÑORA dándome las gracias y sonriéndome por última vez. Parece ser que lo del “ángel de la guarda” es real.
Pero la cosa no acaba ahí. Ojalá…
Volví a casa con un cargamento de Trombocid e ibuprofeno para mis heroicas magulladuras y me senté en el sofá. Cogí el ordenado y eliminé todas las fotos de LA SEÑORA. Al cerrar la tapa del portátil, en medio de mi salón, se apareció un hombre de mediana edad.
“Otra vez no…”
Disparé, importé foto y allí estaba aquella pestaña oculta, “FFE (descubrí que significa: Final Fatídico Evitable): Gonzalo 7/6/18 - - -” Faltaban datos que por lo visto debía descubrir.
Parece que todos tenéis ángeles de la guarda vigilando y han decidido ponerse en contacto conmigo. Pobres… ¿a quién se le ha ocurrido ponerme al mando? A ver, el listo, que se manifieste.
Esperad, pero qué…
¿Eso es otra pestaña? “CYC”. Algo me dice que la vida de fotógrafo no va a ser tan bonita como esperaba… no sé de qué me sorprendo, esto es Galicia, “mouchos, coruxas, sapos e bruxas...” Por lo menos siempre tendré noticias que cubrir. Seguiré informando de próximas pestañas.
Por cierto, si conocéis a algún Gonzalo decidle que esté alerta, soy nuevo y estoy empezando, tengo un master en provocar desastres no en evitarlos.
Y una última cosa, si habéis llegado hasta aquí enhorabuena, sois un público estupendo. Y ya que estáis, si no es molestia y queréis más historias, podéis seguirme en Twitter @EnzoSarmi.